Conjugar es fácil: de «amar» sacas «amaría». Lo difícil es el camino de vuelta: de «amaría» llegar a «amar». Eso es cazar, y lo hacemos aunque el verbo no exista en ningún diccionario.
El método no es adivinar: es generar y verificar. Deshacemos el paradigma para proponer infinitivos candidatos, y luego conjugamos cada uno para comprobar que la forma aparece. El conjugador es el juez; ni un falso positivo.
«Ningún fallo» no es suerte: el resultado es la preimagen exacta de una función determinista.
La parte generativa de la lengua
A diferencia de analizar un verbo real, aquí cazamos también lo inventado: «plingar», «androir»… la lengua que aún no existe pero podría. Porque nos gusta jugar. Ponnos a prueba.